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Fotos relacionadas

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BIBLIOGRAFIA CITADA

agosto 31, 2007

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CUESTIONES FINALES.

agosto 10, 2007

   Y antes de concluir este resumen de los hallazgos descubiertos hasta el presente en la Augusta y Magnífica Astúrica, no queremos dejar de mencionar las importantes colecciones de epigrafía y numismática que custodian no sólo los Museos Arqueológicos Nacional, de León y de Astorga, sino especialmente las del Museo de los Caminos, sito en el Palacio Episcopal de Gaudí, que en sus sótanos descubre magníficas piezas de la época, recogidas en sucesivos momentos de la historia local: lápidas funerarias con epígrafes dedicados a indígenas, cargos romanos y divinidades; una colección importante de ases y denarios; miliarios, tégulas, ímbrices, pondus, lucernas, vidrios y ladrillos de diferentes tipos.

   En sus vitrinas se pueden contemplar también batillus, cineraria, fíbulas, brazaletes, anillos y otros tipos de adornos personales, que convierten la exposición en una rica muestra de lo que la urbe romana llegó a ser. 

   Tema importante, pero en el que no nos queremos involucrar en demasía es la cuestión religiosa, el culto tributado en Asturica, tanto por las clases elevadas, como por el resto de sectores romanizados. Podríamos diferenciar entre los cultos de los altos dignatarios imperiales, los militares, las clases sociales urbanas y los sectores rurales. 

   Con respecto a los primeros, la documentación epigráfica de Astorga nos ha proporcionado varias aras votivas que ilustran sobre las devociones religiosas de los responsables del emperador para asuntos financieros (procuratores), siendo las mismas representativas de la función de estos personajes en la difusión de los cultos romanos.

   Comprobando la lista de las divinidades mencionadas en las mismas, se advierten tres hechos sobresalientes: en primer lugar, la mayor parte de ellas son dioses romanos; queda también constancia de que la mayoría de estos procuradores siguen fielmente la propaganda religiosa oficial del Imperio, que contemplaba la promoción del culto a las divinidades de la Tríada Capitolina, así como la de otros dioses del fondo tradicional de la religión romana, como Fortuna, Marte o Apolo, pero también la de algunos dioses de origen oriental que tenían la consideración de romanos desde época del Emperador Claudio, como los egipcios Isis y Serapis.

   Y, finalmente, encontramos el caso de devociones particulares como las de I. Silvanus Melanius, que antes de desempeñar su cargo en Asturica, lo había hecho en Asia Menor y Galia, lugares donde tomó devoción por dioses locales como Buena Fortuna, Core Invicta y Némesis de Esmirna ó Apolo de Grant y Marte Sagato.  

   En cuanto a la religión del ejército, debemos partir que Júpiter Capitolino, divinidad que presidía el panteón romano, representaba, además del poder de Roma, la protección a su ejército. La documentación religiosa relacionada con los sectores militares (Legio VII Gemina) nos presenta efectivamente testimonios de esa devoción a Júpiter, comenzando por el águila legionaria, símbolo del dios. Además de en la propia ciudad, donde se constata de los datos aportados por la epigrafía la existencia de un posible Capitolio, en su cercano territorio vienen documentados cultos a la Victoria y los Dioscuros, asociados a la caballería , lo que nos informa del carácter del destacamento que hace los ofrecimientos de Villalís de la Valduerna o de Luyego de Somoza. 

   En Astorga, además de las antes mencionadas, hay otras manifestaciones que reflejan devociones del resto de la población, como las dedicadas al propio Júpiter, o a la diosa Fortuna. En la zona rural controlada por la ciudad también tenemos constancia de cultos indígenas hasta épocas muy avanzadas del Imperio, como la dedicación de Fronto al dios Caraedudis, hallada en el castro de Cuevas a tres kilómetros de Astorga u otras a Vacocaburio y Vacodonnego, ésta última muy interesante pues es la Res publica de Asturica Augusta, la que dedica al dios la placa a través de sus magistrados. Además de la pervivencia de cultos indígenas, nos informa de la existencia de un templo o santuario, pues su carácter formal nos lleva a la existencia de tal edificación. 

   Desde fines del siglo II se constata una progresiva orientalización de los cultos en la zona asturicense, a través de inscripciones dedicadas a divinidades de tal origen. Las varias lápidas encontradas en el solar astorgano y en el territorio circundante nos habla de una comunidad de greco-parlantes en la zona, los cuales, sin duda, trajeron consigo sus cultos de origen. Estos cultos orientales siempre se relacionan con pequeños grupos de tipo militar, comercial o artesano.   

   Como resumen de todo lo anterior, queremos únicamente volver a señalar el gran desarrollo alcanzado por la ciudad en época romana, desarrollo del que nos hablan los restos que paulatinamente van apareciendo en su solar, más importante si tenemos en cuenta que la misma se encuentra en una zona que, por su marginalidad geográfica, no alcanzó, quizás, las altas cotas de romanización a las que llegaron otras del sur y el este peninsular. De todos modos la indudable vitalidad urbanística de Asturica parece detenerse en parte, a partir de mediados del siglo III, coincidiendo con el declive de las explotaciones mineras y otros acontecimientos a escala del Imperio. A partir de este momento se inaugurará una nueva etapa que parece marcada por su paulatino declive urbanístico, no atenuado por su carácter de sede episcopal, el cual se va a prolongar a lo largo del siglo IV y centrar, especialmente, el V d.C.. Sus manifestaciones urbanísticas, sociales, administrativas y económicas, aún estamos lejos de enjuiciarlas en su verdadera dimensión.

   Parece probado, sin embargo, que muchas edificaciones existentes, tanto públicas, como privadas, fueron progresivamente abandonadas. La actividad constructiva se redujo a la simple ocupación o remodelación de construcciones más antiguas, para lo cual se reaprovecharon numerosos materiales de épocas anteriores, procedentes del desuso o ruina de otras. 

   No obstante, será en este periodo cuando se proceda al levantamiento de una gran muralla que va a proteger una parte de la ciudad, delimitando, con toda seguridad, un perímetro inferior al que la misma ocupaba durante el Alto Imperio. La existencia de esa construcción plantea sugerentes interrogantes sobre cual fue el verdadero papel que jugó la urbe romana durante los últimos siglos de su existencia, toda vez que una obra de semejante magnitud parece probar el vigor del que aún era poseedora. A este momento se atribuye la única puerta romana conocida en la muralla asturicense, abierta en su extremo nororiental, de la que antes hablamos. 

   Reincidimos de nuevo en la importancia de señalar también la elevación de cotas que ahora se produce en las zonas meridional y septentrional de la urbe, resultado de los depósitos acumulados antes, y sobre todo, con posterioridad a la construcción del recinto defensivo. Los vertidos se acumulan contra el interior de la muralla y esto va a originar que las cotas se sitúen en el mismo nivel que el área ocupada por el Foro, lo que parece sugerir que durante los primeros siglos de la era la posición preeminente de aquél debió de ser el resultado de algún tipo de aterrazamiento, circunstancia con la que creemos debe ponerse en relación, como se apuntaba más arriba, el emplazamiento de la llamada Ergástula. A partir de ahora el asentamiento tendrá un perfil más homogéneo, similar al que, aún hoy, podemos contemplar.. La existencia de numerosos materiales tardorromanos también parece abogar por la presencia de una entidad poblacional de bastante relevancia, aunque lejos ya de los momentos en los que Asturica alcanzó su máxima expansión.

   La ciudad, antes centro de la ingente actividad minera desarrollada por Roma en el Occidente peninsular, pudo convertirse en este momento, además de en núcleo central de la nueva geoestrategia viaria imperial romana, en un enclave directamente relacionado con la fuerte actividad cerealista desarrollado en las grandes villae del Valle del Duero, algunas de las cuales como las existentes en Quintana del Marco o La Milla del Rio, se encontraban situadas a escasa distancia de la urbs. 

   La posición estratégica de la ciudad debió ser aprovechada además, para salvaguardar las vías de comunicación que daban salida a la “annona militaris” hacia los puertos cantábricos y atlánticos, junto al ya comentado papel de bisagra en el eje comunicador entre Emerita y Burdigalia, con extensiones a Tarraco, Roma y las ciudades del norte de Italia. 

   Este desarrollo y las importantes funciones prosiguieron en etapas históricas posteriores a la caída del Imperio Romano, pero la preponderancia territorial de la urbe decayó especialmente a partir del siglo X,  a favor de su vecina León, al ser elegida ésta por Ordoño II, el 914, como cabeza del Regnum Astur-Leonés, en detrimento de la antigua capital, Astúrica, si bien continuó siendo ésta, el enclave urbano de mayor entidad del mismo y punto crucial en las comunicaciones, en la defensa y estructuración politico-administrativa del Reino. 

   El mismo destacado papel prosiguió en las épocas medieval y moderna, siendo sede de uno de los más extensos Obispados y capital de un muy extenso territorio, hasta llegar a 1808 en que la ciudad vuelve a ser protagonista nacional con ocasión de la invasión napoleónica y sus memorables sitios, los que, en unión de los sufridos por Zaragoza y por Gerona, hicieron que las Cortes Españolas concedieran a las tres ciudades el honroso título de “Beneméritas de la Patria”.

   Por desgracia o por fortuna, según se mire, la ciudad no consiguió en los años treinta del siglo XIX ser designada como Capital de Provincia en la creación de éstas por Javier de Burgos, con lo que su desarrollo urbano ha quedado prácticamente estancado, cumpliendo hoy día el papel de, además de capital del extenso Obispado que lleva su nombre, centro de las regiones y comarcas que la circundan, con unas perspectivas de futuro que se basan fundamentalmente en el comercio, el turismo y la prestación de servicios al área suroccidental de la provincia leonesa.     

    La “Domus del pavimento de opus signinum“, es una de las viviendas asturicenses mejor estudiadas habida cuenta de que le fue dedicada una completa Memoria de Investigación, presentada en esta Universidad vallisoletana en 1994 por parte de Milagros Burón, premiada y más tarde publicada por la Junta de Castilla y León en el nº 2 de sus “Memorias” de la Colección de Arqueología en Castilla y León.

   Está situada en las proximidades del ángulo noroccidental del Foro, y ocupa un área que debió ser aún mayor a la de la anterior domus analizada. Su planta es un claro exponente de la evolución urbanística llevada a cabo en esta zona de la ciudad desde Augusto y a lo largo del siglo I d.C. ya que presenta tres periodos constructivos diferentes. El primero, emplazado en la parte septentrional corresponde a época de los reinados de Augusto y Tiberio y estaría relacionado con el primer asentamiento militar localizado en el cerro.

   Tiene una clara orientación Noreste-Suroeste, la misma que presentan todas las edificaciones que ocupan el sector oeste de la civitas. Esta distribución, como decimos heredera de la implantación campamental que dio origen al asentamiento, debió de mantenerse hasta mediados del siglo primero, tal y como parece demostrar el plan primitivo de la casa.

   Al segundo periodo corresponde una casa de tipo itálico, construida entre Tiberio y los primeros compases del principado de Claudio, que sufriría alguna remodelación antes de época flavia y por último en el tercer periodo, que abarca entre fines del siglo I y el siglo III se le añadió a la planta existente un peristilo y un área termal. 

   Las estructuras del primer periodo constructivo, según la investigadora de la domus, pueden relacionarse con el primitivo asentamiento militar, siendo estructuras de lugares de habitación de tropas que contarían con un zócalo de mampostería sobre la cual se levantarían estructuras de tapial, adobe o madera, o bien un primer planteamiento de un edificación civil que nunca llegó a plasmarse definitivamente, por lo que no llegarían a alzarse.

   Dentro de esta fase se encuadran también trincheras, parece que nunca usadas y hoyos. Todo lo anterior parece tiene cronología augustea.  La fase posterior de la domus, se cree perteneciente a fines del reinado de Tiberio y se defiende que constituye uno de los primeros ejemplos de arquitectura doméstica en esta parte de la urbs, lo que marcaría una fecha para el inicio de su urbanización. Alguna de las estancias pertenecientes a este momento conservaban retazos de un suelo de opus signinum y una de ellas conservaba el solado en su práctica totalidad.

   Bien conocidos en el Levante y en el Valle del Ebro, el ejemplar asturicense se cuenta como el más septentrional de los hallados hasta la fecha en Hispania. Con un esquema simple a base de pequeños motivos cruciformes (hileras de crucetas), concretamente cuatro teselas negras y blanca central, dispuestos a intervalos regulares, en su parte central debió de existir un cuadro de diseño mas complejo. Este mosaico fué rápidamente sustituido por un suelo de placas de mármol.

   Este es, quizás, el primer ejemplo “civil” rescatado de la poco tiempo antes creada urbe asturicense, pues se coincide en señalar que la aparición en Hispania del opus signinum se vincula, o bien en un primer momento con grupos de inmigrantes itálicos, militares, colonos o comerciantes, o más tarde con grupos indígenas romanizados que trataban de imitar a los anteriores.

   En el caso astorgano nos parece a nosotros más adecuado considerar la posible relación con el primero de los grupos, bien militar o bien funcionario, que se rodea de un círculo de comerciantes y artesanos a su servicio.

   Además de los anteriores restos, la domus conservaba de este periodo restos de pintura mural en las habitaciones fechados, como muy tarde, en la primera mitad del S. I.    

   La realización del recinto forense parece marcar claramente un cambio en la disposición de las construcciones existentes en esta zona, las cuales se orientarán prácticamente de norte a sur.  En el segundo periodo (flavio), iniciado en los primeros años de esta dinastía, por los materiales hallados en un espacio de nivelación entre los ambientes anteriores y los que ahora se crean, aparecerán las estructuras de una vivienda de tipo itálico que denota los gustos y exigencias de una clase social elevada procedente de la Península Italiana o bien muy influida por los modos de vida de los conquistadores. Las habitaciones se organizaban en torno a un atrio, con decoración pictórica en los muros de las mismas. Esta es de gran calidad, lo que nos habla de artesanos cualificados existentes en la ciudad ya desde los primeros momentos de su andadura como urbs romana.  El pavimento de opus signinum teselado datado a fines del siglo I d.C. y existente en una de sus habitaciones y la adición de un peristilo a la misma, con el incremento consiguiente de superficie habitable, así como la adquisición de un carácter más monumental reforzado por las columnas del pórtico, las galerías y las habitaciones de aparato, construidas en torno a ellas, nos hablan de que su propietario tuvo que ser latino, una alto militar o una autoridad civil, aunque no puede descartarse perteneciera a algún indígena colaboracionista, con recursos suficientes para costearla. Por fin en un tercer momento  a fines del siglo II d.C., se le añadió una zona termal particular, pavimentando además con bellos mosaicos geométricos, dos habitaciones ya existentes. Ello incrementó aún más el carácter lujoso de la vivienda, más si tenemos en cuenta que en la urbe ya existían, por lo menos, dos establecimientos termales de carácter público, antes reseñados. 

   Mencionar por último, con relación a esta domus, que la misma presenta en su planta, varios niveles de altura, estando las diferentes estancias en distintos niveles, comunicándose mediante escalones. El plano de la vivienda presenta pues un escalonamiento constructivo de Oeste a Este. El momento final de la domus, difícil de precisar, es prolongada por su investigadora (Burón) hasta “al menos la segunda mitad del siglo IV”, aunque, sin embargo, las reparaciones efectuadas en los mosaicos (peltas), que denotan falta de destreza y materiales similares a los originales aconsejan, a juicio del investigador Fernando Regueras Grande, retrasar su pervivencia hasta bien entrada la V centuria, cuando la ciudad parece estar sumida en un letargo económico..  

   La “Domus del gran peristilo” se ubicó en las proximidades de las Termas Mayores y debió ocupar más de una ínsula, superando ampliamente los 2500 metros cuadrados, formando un plano rectangular. Fue construida también en dos fases, siendo la más antigua la situada entre la época julio-claudia y el tercer cuarto del siglo I d.C. representada por una serie de estructuras cuya funcionalidad es difícil de precisar, dado el grado de destrucción al que fueron sometidas en la siguiente fase edilicia.  Sobresale, no obstante, un pequeño ambiente rectangular identificado con un impluvium, restos del atrio que actuaría como elemento que vertebra las diversas estancias, en el cual apareció una estructura cuadrangular limitada por sillares y pavimentada por un enlosado de mármol similar al colocado en la Aedes Augusti.

   La cronología del suelo, en base al sellado de Terra sigillata sudgálica y una lucerna vidriada que lo contenía, debe remontarse, como mínimo a la primera mitad del siglo I.  . Este papel predominante va a ser ocupado durante la segunda etapa de esta espléndida mansión por un gran peristilo porticado dispuesto en la parte central de la domus. El mismo ocupa una superficie de más de 250 metros cuadrados y estaba rodeado por cuatro pandas porticadas de 2,50 metros de anchura.  De forma probablemente cuadrada, parece presentar seis columnas en cada lado, disponiéndose las más exteriores en los ángulos. El pórtico estaba enmarcado por un canal, límite a su vez de una construcción de opus caementicium de la que únicamente se ha podido documentar su mitad septentrional. Sus características formales y constructivas hacen pensar que ha de tratarse del vaso de una fuente monumental tetralobulada, también construida de opus caementicium, que presidiría todo el ambiente columnado. Las pequeñas exedras determinadas en planta tendrían un desarrollo en alzado que configuraría cuatro hornacinas. Alrededor de los ambulacros se dispondrían toda una serie de habitaciones, para cuya realización fue necesario llevar a cabo importantes obras de aterrazamiento, de las que sólo se conocen varias de las situadas en el sector noreste. Se organizan en tres planos y su ordenación sugiere una configuración axial, la cual regiría todo el conjunto

   Todo lo excavado denota una gran suntuosidad y por el tamaño de la fuente parece corresponder a un ninfeo. Parece que en la zona noroeste del solar aparecieron hace años restos de un posible hypocaustum, dato de gran interés, puesto que parece indicar que la vivienda, al igual que otras aparecidas en Asturica, contaba, como parece ser lógico dada su extensión y complejidad constructiva, con un área termal, unos baños privados al borde la  calle que limitaba la manzana por el norte Hoy se han identificado, además, estancias que parecen corresponder a caldarium y tepidarium y en el último un alveus o pequeña bañera. También se han encontrado en el area termal, -posiblemente en la zona dedicada a frigidarium-, restos de pavimento de mármol en opus sectile, con figuras geométricas romboidales.

   A partir del siglo III la domus parece entrar en una fase de cierto abandono, fenómeno que viene siendo habitual en este tipo de construcciones asturicenses. Se procede a reestructurar algunas habitaciones, dividiéndose en compartimentos por medio de muros que ofrecen claras diferencias con respecto a los del momento anterior. Esta domus, por su distribución y tamaño nos habla, así mismo, de una vivienda correspondiente a algún magnate o collegia y responde a los mismos caracteres generales, arriba reseñados. 

   La “Domus de la muralla”, se encuentra en el extremo oriental de la ciudad. Pese a su parcial área excavada, ya que resulta imposible continuar por estar asentados sobre ella edificios modernos, parece corresponder a dos momentos constructivos. El primero de ellos, que se data a finales del siglo I. d.C. tuvo como resultado el arrasamiento de una serie de estructuras anteriores, de uso impreciso, que únicamente pudieron ser reconocidas en algunos puntos de la excavación. Ya en pleno siglo II la domus experimentó una profunda reforma, manteniéndose, no obstante, gran parte de la distribución del periodo anterior. La existencia de una estancia calentada por medio de hypocaustum nos habla posiblemente de una zona termal situada al este. Colindando con ella apareció un amplio espacio, restos de la zona de servicio, encontrándose aquí el lugar desde el que se aseguraría el mantenimiento del praefurnium. El destino de los restantes ambientes entraña mas dificultad, aunque ciertos indicios hacen suponer que la pequeña habitación situada al oeste pudo hacer las veces de culina, mientras que toda la superficie que se desarrolla en el sector mas septentrional parece corresponder a un pasillo o crujía. Otro de los ambientes conservaba “in situ“, parte de su decoración mural, encuadrable dentro del tercer estilo, formado por paneles en tonos rojos, separados por una banda negra, reservándose para los zócalos imitaciones de mármoles moteados. El límite suroriental de la domus lo configuraba una calle, de unos 5,50 metros de anchura, cuya observación puso en evidencia la existencia de tres fases constructivas, presumiblemente contemporáneas de los cambios ocupados en el interior de aquella. Parece que, en torno a los años centrales del siglo III ambas construcciones sufrieron un proceso de ruina -fortuita o intencionada- que las dejó prácticamente soterradas bajo sus escombros. Los trabajos de erección de la gran muralla de cubos a fines del mismo siglo, cuyo trazado va a coincidir en parte con la zona ocupada antaño por la vivienda, afectaron intensamente a sus restos, siendo desmantelado su extremo occidental por la trinchera de cimentación. 

   De la “Domus de las columnas pintadas”, aparecida en el ángulo oeste del asentamiento, sólo se pudo reconocer parte de una gran dependencia, conservando uno de sus zócalos restos de pinturas con representaciones de mármol “brocatel”. El resto del esquema decorativo, fechado a fines del siglo I o comienzos del II ha podido ser reconstruido gracias a los numerosos fragmentos pictóricos hallados en el transcurso de la excavación, disponiéndose en la banda central del muro una serie de paneles rectangulares -los que se conservan en tonos rojos y negros- delimitados por columnas estriadas. La domus se levantó sobre el espacio antes ocupado por un conjunto de pequeñas estancias, delimitadas al noroeste por una calle, cuya cronología parece permitir encuadrarlas dentro del ámbito denominado “campamental”.

   Esta circunstancia motivó la necesidad de sobreelevar el nivel sobre el que se asentaron las nuevas construcciones, proceso que también afectó a un nuevo pavimento viario enlosado que discurría en el mismo sentido que el anterior, posteriormente destruido en parte a consecuencia del levantamiento del recinto fortificado tardío. Los restos de esta vivienda también denotan una domus de gran tamaño y magnificencia, perteneciente a algún personaje de estatus elevado. 

   La “Domus de las pinturas pompeyanas” fue la primera construcción privada conocida en Asturica. Fue descubierta por Luengo en excavaciones realizadas en la actual Plaza de Santocildes durante los años 40 y 50. La misma contaba con una grandiosa planta, de la que pudieron observarse dos estancias completas y partes de otras tres y en sus muros aparecieron y fueron, afortunadamente, exhumadas, las célebres pinturas pompeyanas que, consolidadas convenientemente, pueden ser admiradas en el Museo Arqueológico Romano. Son consideradas como uno de los mejores ejemplos de la Península Ibérica y pueden ser datadas en la primera mitad del siglo II. 

   Se trata de una casa con diversas habitaciones, cuyas paredes se encontraron con decoraciones pictóricas. En una de sus piezas, el conocido como “salón pompeyano”, de 4,90 x 6,15 m. es donde se hallaron las mejores muestras de pinturas. Se trata de una estancia a la que se penetraba por cuatro puertas sin jambas ni dintel, huecos que debieron estar cerrados con amplios cortinajes. El pavimento es de mortero de cal mezclado con ladrillo machacado. Sobre el enlucido de las paredes se tendía una capa muy fina hecha con piedra de mármol pulverizada que, después de pulimentada, sirvió para recibir en su superficie la decoración pintada. Constaba esta de tres cuerpos. zócalo, de fondo blanco con adornos geométricos nada uniformes, pintados de color pardo, con rojos de varias tonalidades repartidos al azar imitando de una manera convencional los mármoles. Quedaba rematada por una ancha banda roja. El segundo cuerpo lo constituyen “cuadros” de 0,64 x 0,50 m. compuestos en dos marcos, el exterior granate, con dos finas filas dando lugar a tres espacios con una decoración, al parecer, de trazos discontinuos gruesos; el marco interior, sobre fondo negro, con ramitas inclinadas finamente ejecutadas. Los cuadros figuran diversos motivos, uno con un gran florón ocupando todo el espacio, otros, sobre fondo rojo vivo, con amorcillos cabalgando en animales fabulosos de cuatro cabezas o en tritones. Entre los cuadros, entrepaños de 0,13 m. de ancho enteramente cubiertos de los llamados “candelabros”. El tercer cuerpo lo constituyen grandes cuadros rectangulares   de un rojo intenso y uniforme, vacíos de decoración, enmarcados en dos filetes paralelos simulando listones, de amarillo cromo, escuadrados en las esquinas. Cierran cada uno de los grandes cuadros, un festón en azul pálido limitado por dos estrechas franjas blancas. Entre cuadro y cuadro entrepaños decorados con candelabros, diversos todos ellos, en uno de los cuales se aprecian cuatro palomas torcaces, pareadas. Tienen estos paños un color, una finura y una destreza extraordinarias.

   Delicadamente ejecutados, el anónimo pintor plasmó fielmente la realidad de las palomas, al tiempo que reinventó las flores que recorren verticalmente el espacio a uno y otro lado de un imaginario eje; los colores, brillantes, con el verde, azul pálido, blanco, carmín, granate, amarillos y tenues violetas. Color y dibujo magistralmente combinados y fundidos en la feliz inspiración del artista. Algunas vetas de madera carbonizada hacen pensar que la estancia estuviera artesonada.  

   Los únicos paralelos que se conocen en Hispania para este tipo de pintura se encuentran en Mérida.  Por una de las puertas se accedía a otra habitación de 5,,15 x 1,83 m., pavimentada como la estancia descrita, en una de cuyas esquinas hubo un desagüe que comunicaba con el alcantarillado. Al igual que en el salón, sobre el enlucido de las paredes, una decoración mural recubría toda la habitación. El conjunto formaba dos cuerpos. El pasillo que comunicaba con el salón estaba también totalmente decorado de pinturas, con motivos florales, muy deterioradas. 

   En las pinturas de Astorga resalta más el dibujo que el trazo pictórico, los cuadros aparecen encerrados en marcos; son auténticas simulaciones de pinturas de caballete “montadas” en la pared. No se puede negar que el origen último se halle en Pompeya, Herculano y Roma, pero su estilo dibujístico las aproxima a algunos paneles de pinturas del siglo II, como por ejemplo el loculus de la tumba de Clodius Hermes o los estucos de la tumba de los Pancratti, donde vemos los mimos amorcillos y las guirnaldas, y la pintura de caballete trasladada a la pared. Tomando como base todo lo anterior se le viene asignando una cronología que va desde la mitad del siglo I a los primeros años del II d. C.   

   La arquitectura privada tiene sus mejores exponentes en los restos encontrados de diferentes e importantes “domus“, aparecidas en distintos solares excavados desde los años ochenta.

   En Astorga han sido halladas hasta la fecha más de diez casas, si bien las mismas no son conocidas en su totalidad, por no haber podido ser excavadas de forma completa. Vamos a referirnos a las seis domus mejor conocidas. Nos referimos a las denominadas “Domus del mosaico del oso y los pájaros”, “Domus del pavimentos de opus signinum“, “Domus del gran peristilo”,  Domus de la muralla”, “Domus de las columnas pintadas” o “Domus de las pinturas pompeyanas”, a las que se une la ya vista domus construída encima de los restos militares del foso y denominada “Domus de los denarios, por el hallazgo en los sedimentos arqueológicos sobre los que se edificó, de 28 denarios, así como otros cuatro ejemplares sin nombre. Todas ella, situadas en el perímetro amurallado son de gran magnitud y denotan edificaciones domésticas de gran entidad.

   Es curioso que, hasta ahora, todas las rescatadas sean de gran tamaño e importancia y responden a las características propias de la domus romana, sin que tengamos constancia en el recinto amurallado de insulae o casas de vecindad mas modestas. Las conocidas deben ser atribuidas de forma casi segura, a los altos funcionarios y administradores que sabemos desempeñaban sus funciones en la ciudad, o bien a ricos comerciantes o adinerados indígenas romanizados residentes en la capital asturicense, por la calidad de su construcción y los elementos decorativos que las acompañan.  

   Lo más característico de las casas asturicenses es que en todas ellas emplean la piedra extraída de los alrededores en su construcción, probablemente en todo el desarrollo arquitectónico, aunque debe dejarse abierta la posibilidad del uso del adobe y el tapial. Ya comentamos, al analizar la muralla, la dificultad existente para su talla por la dureza del material cuarcítico asturicense, lo que provoca una mampostería ruda, pero fortísima.

   En las construcciones asturicenses también se emplea la arcilla, ya sea para elaborar adobes, ya para unión del mampuesto, aunque lo habitual en la arquitectura ciudadana es la argamasa realizada con cal. No conocemos hasta el momento la existencia de alfares en Astorga o sus cercanías. Se considera segura su existencia por el gran número de tejas y ladrillos encontrados en las excavaciones arqueológicas. La altura de las casas asturicenses nos es desconocida, aunque se defiende la existencia de casas planta baja y alta y en algunos casos de dos alturas. 

   En las casas astorganas se constata, de forma general la existencia de atrium, una especie de patio central que comunicaba con el comedor o triclinium y otras estancias de la vivienda como tablinum, culinae, despensas, etc…y peristilo, un jardín rodeado de un pórtico de columnas situado detrás del atrio. Sabemos que la vida doméstica se hacía normalmente en el atrio, pues era el lugar más amplio y luminoso de la casa, gracias al compluvium, una abertura cuadrada practicada en el tejado por la que entraba la luz y el agua de lluvia. Justo debajo de compluvium se encontraba el impluvium, un recipiente de aproximadamente las mismas dimensiones que aquél y que servía para recoger las precipitaciones pluviales.  En el peristilo suele haber un estanque con una fuente y en algunas parece que era donde se situaba el Altar de los Lares, divinidades familiares encargadas de la protección de los hogares.  Los pavimentos de los atrios y de los peristilos suelen estar, en ocasiones, recubiertos con bellísimos mosaicos decorados.

   Como ocurría en otros emplazamientos, la mayor parte de las ventanas que daban a la calle en las casas romanas solían ser de pequeñas dimensiones, por lo que la mayor parte de la iluminación interior provenía del atrio. Para alegrar las habitaciones poco iluminadas solían decorarse las paredes con paisajes de vivos colores, generalmente bosques con animales feroces y plantas exóticas o escenas campestres con pájaros y árboles en flor. Muchas veces se recurría al efecto de pintar una ventana abierta simulada, con el fin de dar a la habitación mayor profundidad. 

   Pasamos, a continuación, a analizar las distintas domus aparecidas en las distintas excavaciones asturicenses, concluyendo las siguientes características: 

   Respecto a la “Domus del mosaico del oso y los pájaros”, decir que es parcialmente conocida en planta, pues lo que puede contemplarse en la actualidad responde a un tercio de su superficie, ya que el resto está por debajo de la calle y del edificio del Monasterio colindante. La casa se levantó en la zona sur del recinto amurallado, al lado del lienzo de la muralla de la parte suroriental, empleando la piedra para su mampostería principal y debió ser una vivienda ordenada alrededor de un patio central provisto de peristilo. Su planta es resultado de varias reformas, la más importante de  las cuales, llevada a cabo a fines del siglo I d.C. debió coincidir con una profunda transformación de la zona donde se ubica. De esta manera el área reservada a  uso termal, situada al oeste y caracterizada por un estricto esquema lineal frigidariumtepidarium-caldarium, se dispuso sobre los restos de una cloaca inutilizada a tal efecto, lo que parece probar que la vivienda se extendió a costa de ocupar una superficie antes pública. En conexión con las piezas termales se distribuyen otra serie de estancias, de uso eminentemente residencial, entre los que destaca especialmente el pavimentado con el excelente mosaico con figuraciones animales y vegetales que da nombre a la domus. En ella puede verse parte del atrio, con un pavimento de “opus spicatum“, en torno al cual se articulan las diferentes estancias de la casa, según el típico esquema de las casas romanas. Así vemos una estancia, también pavimentada, destinada posiblemente a triclinium y los restos del hipocaustum, del caldarium, del tepidarium y del frigidarium del complejo termal que formaba parte de la propia casa. Destaca por la variedad de sus suelos, entre los que, además del spicatum, encontramos signinum y otros formados por lajas de mármol, de pequeños ladrillos rectangulares que forman “espina de pez” y mosaico de teselas. Las principales estancias de la misma vienen siendo fechadas a comienzos de la dinastía severa (siglo II), por la datación otorgada al teselado encontrado en la estancia identificada como tablinum. Tales servicios privados, la dimensión de la casa y la presencia de un magnífico mosaico en el que se representa la figura de un oso y varios pájaros de diferentes especies y que da nombre a la domus, nos aseguran que la misma debió pertenecer a una persona de elevado rango social.

   Esta domus es, quizás, junto a la del gran peristilo, el conjunto de arquitectura privada más importante de todos los de Asturica, ya que denota fases constructivas desde el siglo I al III.